En mis pesadillas. (Blog de Dee)

En mis pesadillas, hay un dragón. Aunque no siempre lo fue.

En su interior, manda el instinto. Apenas queda rastro de lo que un día fue.

Al rayar el alba, despliega sus alas y abandona el acantilado donde se encuentra su refugio. Como cada día, el cielo es plomizo, y los rayos de sol apenas besan la corta hierba. El batir de sus alas lo eleva. Sus ojos le muestran un prado cada vez más yermo, y pequeñas figuras, que se estremecen y comienzan a correr al divisar su sombra. Se esconden en estructuras, a las que llaman casas y se creen a salvo.

Al sobrevolar el castillo, las flechas buscan su cuerpo. Las ignora mientras rebotan sobre su piel. Traza círculos amplios, y emprende el descenso.

La misma figura de siempre lo observa, todos los soldados llevan casco y se agachan cuando el dragón pasa rozando las almenas del castillo, ella no lo hace. Su melena se agita con la ráfaga de aire, se retira el cabello de la cara, sigue observando el vuelo del dragón y como captura a su presa.

El instinto lo obliga a cazar, él obedece. Reconoce el terror que siente la presa entre sus garras y casi es capaz de sentir algo distinto, algo que debió sentir hace mucho tiempo…

El ritual se repite a diario. Excepto por la posición que ocupa aquella extraña figura que nunca se estremece ante su vuelo. Cada día, llama un poco más su atención y lo distrae de su objetivo. Cada día, sus ojos se cruzan y él comienza a sentir… ¿ternura?

En su interior comienza una lucha atroz y el dragón enfurece. Desde lo alto del acantilado, extiende sus alas y lanza llamaradas de fuego hacia el cielo.

Las nubes ocultan el sol casi por completo, y descargan su lluvia sobre el prado. Durante su viaje, cada gota de agua que recorre las escamas de su piel alivia su dolor. Gira en el aire, realiza piruetas arriesgadas, que lo llevan en vuelo picado desde el punto más elevado hasta casi estrellarse contra el suelo. Juega y se divierte… el dolor, queda un poco más lejos.

Divisa el castillo, las almenas están vacías y el prado desierto. Solo está ella. Empapada por la lluvia, lo espera en campo abierto. El instinto le dice que ella es la presa, desciende veloz y sus miradas se encuentran, en el último instante, él desobedece.

Mientras describe un nuevo círculo en el aire, siente las miradas de aquellos que se ocultan tras los muros de sus casas y las altas torres del castillo. Podría arrasarlo todo si tan solo lo deseara. Siente su miedo, el terror que les invade al verlo, y oye como tras cada puerta, le llaman: monstruo.

Se siente confuso, y un extraño y olvidado lenguaje vuelve a tener sentido en su mente. Imágenes de una vida anterior resurgen desde algún profundo rincón de su ser, y entonces comprende que casi todo está perdido.

Aterriza junto a la mujer de la forma más suave que es capaz, pero todo él es imponente y, sin pretenderlo, la obliga a dar un paso atrás. Ella se rehace con rapidez y vuelve a buscar sus ojos. El dragón, dobla su largo cuello y baja la cabeza hasta quedar frente a frente. Escruta su mirada, pero sabe que no es capaz de reconocerlo. No hay miedo, solo odio. Ella solo ve, lo mismo que todos los demás.

En un último acto desesperado por hacerse entender, intenta hablar, quiere que todos sepan que hay más allá del monstruo que creen ver. Revelar la verdad oculta que les impide aceptar otra realidad, que no sea la que sus sentidos les imponen. La única verdad es que el monstruo lo crearon ellos, sus actos, sus prejuicios, sus pecados, su ceguera total y absoluta, su única forma de ver un mundo que puede ser distinto para cada ser. Pero de su boca solo sale un pequeña lengua fuego que casi no puede llegar a contener. Ella se ve obligada a dar otro paso atrás. Y él entiende que es una verdad que nadie quiere escuchar.

Sus ojos buscan los de ella, intenta hacerles hablar, que ellos transmitan lo que no puede expresar con palabras, pero en ellos solo ve la resolución de llevar a cabo su tarea.

Por primera vez, alza la lanza que lleva en su mano, sus músculos se tensan y avanza. Él sabe que no se detendrá. Ya no lo mira, casi espera que él la devore antes de llegar a su objetivo, pero el dragón ya se ha rendido.

Al llegar bajo su pecho, no duda. La lanza rasga la piel, avanza entre los tejidos, llega hasta el corazón y lo atraviesa…

En mis pesadillas, tú empuñas la lanza y yo soy el dragón.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Un sitio web WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: