De espejos rotos y gatos negros. (Blog de Dee)

En su carné de identidad debería poner de profesión: gafe. Desde luego no se dedicaba a romper espejos, al menos no le pagaban por ello, pero la mayoría de los que se cruzaban en su camino acababan hechos añicos. Tampoco se dedicaba a buscar escaleras ajenas para pasar por debajo a propósito, aunque casi todos los días cruzaba por debajo de alguna. Y aunque odiaba a los gatos, cada día, uno se cruzaba varias veces en su camino, pero el hecho de que fuera negro no era lo que más le molestaba.

En el trabajo todos lo llamaban “Dark”, aunque el sabía que a sus espaldas, preferían llamarle “Capitán Gafe”. Así que al inicio de cada turno, justo antes de salir de los vestuarios, después de haberse enfundando en su traje amarillo, esperaba pacientemente a que el sargento le lanzara grotescamente el casco y le dijera:

  • Dark, cómo sigas vistiendo así, nunca conseguirás acabar con tu mala suerte.

Las carcajadas inundaban entonces el vestuario, y la veintena de hombres y mujeres que se hallaban en él, comenzaban de nuevo a sentirse en casa. Siempre pensó que era una buena manera de empezar un turno de veinticuatro horas, así que solía responder :

  • Mañana Tony, mañana. Y os obligaré a todos a hacer 100 flexiones allí mismo.

Una discreta sonrisa se dibuja en su cara, y salía de la habitación dejando atrás las risas y burlas de sus compañeros.

El trabajo de bombero no es el más fácil de realizar, ni el más divertido. Cuando las alarmas suenan todo el mundo debe estar listo para actuar. El entrenamiento y la rutina hacen la mayor parte del trabajo, pero el instinto y las órdenes de un buen jefe son las dos cosas que, a la hora de la verdad, pueden salvar una vida. Porque cuando el fuego te rodea por todas partes, y a pesar del traje, sientes que la piel te empieza a arder, y el oxigeno apenas llega a tus pulmones y a tu cerebro; cuando todas las luces se apagan, y se apoderan de ti unas ganas terribles de salir corriendo en cualquier dirección, cuando la situación se vuelve completamente desesperada, entonces, sólo puedes confiar en que la persona que tantas veces antes ha hecho lo correcto, vuelva a hacerlo. Por eso, durante esas veinticuatro horas, Dark, sólo era: el capitán, y sus órdenes, las palabras de un Dios hecho hombre, no se discutían, ni se ponían en duda, simplemente se obedecían. Sólo después todos volvíamos a ser iguales.

La brigada número 13 del cuerpo de bomberos tenía una costumbre. Al finalizar cada turno se reunían en “La taberna del pelirrojo”, y antes de pedir la primera ronda esperaban a que llegara el capitán.

Dark siempre retrasaba unos minutos su llegada a la taberna. Por una parte, para dejar que los chicos empezaran a bromear sobre el “ritual” y así dejar que las tensiones vividas se fueran alejando poco a poco de sus mentes. Por otra, lo hacía por él, para poder desprenderse de la responsabilidad que durante todo un día había cargado sobre sus hombros, de la tensión acumulada, e ir recobrando de forma paulatina su carácter jovial y despreocupado. Lo hacía para poder quitarse el disfraz de superman y convertirse en una persona real, para reencontrarse consigo mismo. Y cuando conseguía que su mente volviera a preguntarse si le habría dejado suficiente comida a “Merlín”, y por qué ese estúpido gato se había convertido en algo tan importante para él, a pesar de su arisco carácter y de que sólo lo dejara acariciarle cuando tenía hambre o ganas de jugar un rato. Cuándo, de nuevo, se preguntaba en qué demonios estaría pensando Susana para regalarle a él un gato. Cuando recordaba que ese había sido su último regalo, antes de hacer las maletas y largarse sin más despedida que una nota que decía que nunca encontraría un amigo mejor, ni una pareja peor. Cuando sonreía al pensar que “Merlín” más que un regalo, había sido, quizá, una pequeña venganza. Cuando la sonrisa se ensanchaba y se convertía en carcajada, sabía que estaba listo para iniciar el “ritual”.

Llegaba de buen humor, buscando con la mirada el rincón dónde se encontraban sus chicos y sus chicas, alborotando un poco más de la cuenta, mientras alguien se acercaba a la barra para pedir la primera ronda. Había comenzado.

Se sentaba en la mesa y David lo hacía frente a él. Le mostraba los chupitos que le acababa de dar Jaime, uno en la palma de cada mano, los colocaba boca arriba sobre el sucio tapete verde y después sacaba el dado. Todos alrededor comenzaban a reír y a efectuar apuestas, que luego quedaban sólo en más risas, y se hacían comentarios de todo tipo, hasta que alguien avisaba, a voz en grito, que el “Capitán Gafe” volvía a tentar a la suerte. David apenas disimulaba su sonrisa y tampoco lo hacía Dark, que con aire divertido, adoptaba la posición final. Cerrando los ojos lentamente, con gesto fingido de concentración. Entonces se hacía el silencio y los chupitos comenzaban a rodar por la mesa, el dado se encontraba dentro de uno de ellos y se oía claramente, en su ir y venir de un lado a otro, rebotar contra el cristal del vaso que lo contenía.

De repente el ruido cesaba y Dark abría los ojos, encontrando de nuevo los dos chupitos frente a él. Todo el mundo estaba expectante, esperando el momento, así que el capitán extendía el dedo índice de su mano derecha y señalaba uno de los pequeños vasos. David acercaba lentamente su mano hacía el objeto señalado, la ponía sobre el mismo y aguardaba unos segundos, las voces de sus compañeros lo increpaban para que se diera más prisa, pero todo formaba parte del ritual.

David levantaba el vaso y debajo de este no había nada. Todo el mundo comenzaba a gritar y reír a pleno pulmón, sin poder, ni querer contenerse. Dark sonreía mientras se echaba las manos a la cara y su brigada le daba palmaditas en la espalda y le daban las gracias. Una noche más, él pagaría la primera ronda.

Todo era como debía ser, pero esa noche, mientras bebía a pequeños sorbos su cerveza y disfrutaba con su verdadera familia de uno de los mejores momentos que la vida puede ofrecer, Dark pensó, que en casi dos años que el ritual permanecía inalterado, no había conseguido adivinar que vaso escondía el dado, ni una sola vez, y para que eso sucediera, no cabía ninguna duda, de que había que ser un poco gafe.

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2 comentarios sobre “De espejos rotos y gatos negros. (Blog de Dee)

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